Madrid buscó ennoblecer su historia mediante orígenes legendarios y mitológicos, una práctica común en tiempos de gran expansión intelectual y cultural como el Renacimiento.
Este impulso de crear una narrativa mítica para la capital se intensificó especialmente cuando Felipe II, en 1561, designó a Madrid como sede permanente de la Corte, convirtiéndola en el corazón del poder de uno de los imperios más influyentes de la época. El prestigio de una corte tan importante demandaba una historia que le hiciera justicia, y fue así como se idearon mitos y leyendas para dotar a Madrid de un linaje acorde a su nueva posición en el escenario europeo.
La primera de estas leyendas
Apareció en la obra del archivero e historiador Francisco Tarafa, De origine ac rebus gestis regum Hispaniae (Amberes, 1553). Tarafa atribuía la fundación de la ciudad a Ocno Bianor, un héroe y príncipe griego. Este relato fue recogido y ampliado en 1629 por el clérigo e historiador Jerónimo de la Quintana en su obra monumental A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza, considerada la primera gran enciclopedia sobre Madrid. La inclusión de esta leyenda buscaba enraizar a la ciudad en un pasado mitológico que la igualara a otras ciudades con gloriosos orígenes.

Ocno Bianor, según la leyenda, era hijo del dios y rey del río Tíber, Tiberino, y de la adivina Manto, hija del célebre profeta tebano Tiresias. En la Eneida de Virgilio, Ocno aparece vinculado a la tradición mítica de Eneas, lo cual aporta un halo de grandeza clásica a la fundación de Madrid. Despojado de su derecho a la corona, Ocno emprendió un viaje junto a su madre, fundando en primer lugar la ciudad de Manto (hoy Mantua, en Italia) junto al río Mincio.
El destino de Ocno no se detuvo en Italia
Cuenta la leyenda que en su madurez tuvo una revelación en sueños, en la que el dios Apolo le advirtió que debía viajar hacia el oeste, donde el sol muere, para proteger a su ciudad de una gran catástrofe. Este mandato divino llevó a Ocno a iniciar un largo y arduo peregrinaje hacia tierras lejanas. Al llegar a la región donde hoy se ubica Madrid, Apolo volvió a aparecer en sus sueños, indicándole que aquel era el lugar propicio para fundar una nueva ciudad, un enclave bendecido por los dioses. Según la visión, debía poblar este sitio y dedicarlo a la diosa Cibeles. Al despertar, Ocno encontró un entorno idílico: tierras fértiles, abundante agua y una naturaleza generosa poblada de encinas y madroños.

En este lugar, Ocno se encontró con una comunidad de pastores carpetanos, una tribu sin ciudad, a quienes les transmitió los deseos de Apolo. Juntos fundaron una ciudad que llamó Mantua Carpetanorum, en honor a su primera fundación, y la consagraron a la diosa Cibeles. Así, según la leyenda, el futuro Madrid nacía bajo un manto sagrado y mitológico, ofreciendo sus orígenes a la piedad y al favor divino.
Divulgación en la sociedad
Esta versión de los orígenes de Madrid, que presenta a la ciudad como una de las más antiguas de Europa, incluso anterior a Roma, caló profundamente en la sociedad y la intelectualidad de la época. La idea de una Mantua Carpetanorum se difundió a través de diversas inscripciones y documentos, consolidándose como parte del imaginario cultural de la capital. En el Plano de Madrid de Pedro Teixeira, de 1656, puede leerse la inscripción “Mantua Carpetanorum sive Matritum Urbs Regia”, una expresión de la profunda identidad que Madrid había construido a partir de esta leyenda.

Aunque el mito de Ocno y la fundación de Madrid no tiene sustento histórico, su importancia radica en cómo la sociedad madrileña del Renacimiento y la Edad Moderna buscaba conectar su ciudad con un pasado heroico, a la altura de las grandes capitales. Así, Madrid no solo buscaba la grandeza en la realidad de su pujanza como capital, sino también en la mitología, presentándose como una urbe que compartía la ambición y la gloria de las más ilustres civilizaciones de la antigüedad.